La mujer comentaba, cuando les pedía a sus
hijos que recogieran su cuarto; y estos, ni siquiera volteaban a verla, seguían
en sus actividades. La mujer terminaba por limpiar el cuarto ella misma, para
evitar discusiones y rabietas de los hijos. La misma mujer, platicó, que una de
sus amigas fue a Europa y le trajo un libro de regalo. Un libro sobre las
principales catedrales europeas. Al hojear el libro se percató de los edificios
hermosamente construidos, los altares, los vitrales, bóvedas, lozas con finos
acabados; y todas o al menos la gran mayoría de las catedrales, eran de un
constructor/diseñador “desconocido”.
Fue entonces que ella pensó, “yo soy ese autor
desconocido!” “porque estoy construyendo
algo que tal vez no vea terminado, pero lo importante es que lo verán otros,
pero sobre todo, lo verá Dios”. Y seguía diciendo: “las madres y esposas que
nos volvemos invisibles, no somos invisibles ante Dios”. Bueno, esto último es
verdad. Pero qué manera tan, (como lo digo para no ofender a esa señora), ¡mediocre de pensar!
Me hizo recordar las películas de Sara García, Marga
López y Amparo Ribelles. Hacían papeles de mujeres sumisas, amas de casa
sufridas y abnegadas por el esposo autoritario y los hijos, unos ingratos.
Las mujeres de hoy, debemos luchar contra esa
invisibilidad que nos da la rutina, en nuestras relaciones con nuestros esposos
e hijos y no porque necesitemos el reconocimiento de nadie. Por el amor de
Dios, ¡no estamos construyendo catedrales! Se trata de la familia, nuestra
familia, estamos formando a nuestros hijos y si no les enseñamos a respetar,
simplemente a ver a su madre y
padre, entonces estamos fallando como
tales.
Es por eso que me resisto a ser invisible, cada vez que es
necesario, es preciso que pongan atención, que se valore lo que se tiene. Les
aseguro que muchas personas darían lo que fuera por volver a ver a su mamá o
a su papá.
Recuerdan la película: “Un día sin mexicanos”, ¿que tal un
día sin mamá? Sin comida caliente en la mesa, sin ropa limpia en los cajones,
sin ese abrazo por las mañanas antes de ir a la escuela, sin esas palabras de
aliento, cuando más las necesitamos.
Esta ultima vez que mi madre se enfermo, me puse a pensar
en eso, ¿que haría sin ella? ella ha sido invisible muchos años. Las mujeres que
sufren de invisibilidad crónica es muy difícil que quieran que las vean, pero
nunca es tarde para enseñarles como ser vistas, su presencia, es indispensable.
Dejemos de ser hijos ingratos y pongamos más atención a nuestras progenitoras, ellas
merecen todos los reconocimientos, no debemos esperar a que sea su cumpleaños o el dichoso día de las madres, esa es otra manera mediocre de pensar. Todo el año invisible y como
magia, aparece de repente para darle un electrodoméstico, es de verdad triste.
Que tal un abrazo diario, o mejor aún, como receta de
doctor, tres veces al día. A las mamás nos gusta que nos abracen y para los que
ya no viven con ellas, una llamada por las mañanas, preguntando como
amanecieron y deseándoles un bien día, les aseguro que es lo máximo para ellas.
Y para aquellos hijos que por desgracia sus mamas ya se adelantaron en el
camino, nunca las olviden, que no se vuelvan invisibles en sus recuerdos.
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No pretendo ofender a nadie, solo es mi forma de pensar...